18 mayo, 2024

La columna de Ildiko – Mujeres, femicidio y literatura

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¿De qué manera elegimos nombrar aquello que nos rodea? ¿Qué palabras utilizamos para manifestar nuestro enojo o preocupación o dolor? ¿Qué porción de realidad aparece en los textos de ficción? ¿En qué momento aparece la literatura? ¿La literatura aparece, se construye, se elabora? ¿Dónde la literatura?

Opciones

Se dijo que tal vez hubiese sido mejor el divorcio. Pensó en eso un minuto nada más, porque tenía poco tiempo para deshacerse del cuerpo. (Gabriela Aguilera).

Yo soy

La bruja quemada en la plaza central, la desobediente que comió la manzana, la loca que desafió la ley, la puta, la guerrera, la culpable. Soy la que violaron, asfixiaron y callaron. Soy la que se salvó porque mi piel aguanta, mi espalda soporta y mis manos sanan. Soy el progreso, el cambio, la caja negra, los versos del poeta, la caricia en tus manos, la lucha, el grito acumulado en la garganta, el amor y el deseo. Soy mar y montaña, la que ama, sueño y perdona. Quemame por bruja, desterrame y condename. Yo soy el óvulo que da vida, tu vida. Yo, yo soy vos. (Caro Fernández)

Lo peor

Lo peor no es el dolor del cuerpo, la magulladura del alma, el ojo amoratado.
Lo peor es despertarse cada mañana y descubrir que todavía está ahí. (Graciela Falbo)

El primer femicidio en Jujuy fue el de la Almita Sivila, en 1908. El caso de Visitación Sivila (o Sibila) se ha convertido en un mito popular, ya que existe en Jujuy una gruta donde los creyentes le rezan y le piden favores al alma de esa mujer asesinada, mutilada y convertida en charqui por un hombre que no toleró su negativa o indiferencia.
Como nos gusta la ficción y el tiempo y las versiones van modificando la realidad, comparto una versión libérrima de la historia de la Almita:

Visitación Sibila

A ella la mataron porque quería seguir siendo niña mucho tiempo más. Daniel la violó, la mató, y, para culminar la apropiación de su cuerpo, la descuartizó y comió su corazón. Hizo literal la promesa de algunos amantes. Se la comió a besos, por amor, pero nadie entendió su amor ni por su desesperación ni por el rechazo.
Cuando vio transformada la tumba y que la gente le pedía milagros como a una santita, quiso volver a matarla. (Ildiko Nassr)
Si de versiones se trata, el asesino se llama en algunas oportunidades Leonardo. Ella aparece como inocente o perversa. Él como un violento asesino despiadado o como un incompetente falto de raciocinio… Pero ¿cuál es la realidad? ¿Acaso existe una única realidad? ¿Desde qué punto de vista elegimos contar una historia? ¿Cuáles son los límites entre la realidad y la ficción? ¿Acaso podemos delimitar con precisas líneas imaginarias dónde termina la realidad y comienza la ficción y viceversa? ¿Desde qué lugar, con qué mirada, con qué palabras juzgamos, recortamos, mixturamos, etc. Las palabras para contar una historia? ¿Es, en literatura, lo más importante la historia? ¿O son las palabras que utilizamos para construir un tejido que logrará emocionar (o enojar) a quien las lea? ¿Acaso los escritores no somos más que mentirosos que nos contamos algunas historias que nos hubiera gustado que otra persona nos cuente? Nos resguarda del terror absoluto la denominación de “ficción” que le ponemos a aquello que, si bien surgió de hechos reales, verdaderos, comprobables, se mezcló con otras lecturas y emociones y palabras y otros ingredientes secretos para producir algo relativamente novedoso. ¿Cuántas veces fui Visitación? ¿Alguna vez fui, también, su asesino?
Otro caso paradigmático es el de Delmira Agustini, poeta uruguaya de madre argentina. Fue una de las grandes representantes del Modernismo en el Río de La Plata, muy elogiada por el gran poeta Rubén Darío.
Delmira aporta una perspectiva jamás expresada —hasta ese momento— en la literatura hispánica: la perspectiva del deseo femenino.
Se puede leer una breve biografía suya en https://www.escritores.org/biografias/411-delmira-agustini
A Delmira Agustini la asesinó quien fuera su esposo y luego se suicidó. En 1914. Pero sobrevive su poesía. Las armas no matan a las palabras.

El arroyo

¿Te acuerdas?
El arroyo fue la serpiente buena…
Yo muero extrañamente…
No me mata la Vida,
¿Te acuerdas?
El arroyo fue la serpiente buena…
Fluía triste y triste como un llanto de ciego
cuando en las piedras grises
donde arraiga la pena
como un inmenso lirio se levantó tu ruego.
Mi corazón, la piedra más gris y más serena,
despertó en la caricia de la corriente y luego
sintió cómo la tarde, con manos de agarena,
prendía sobre él una rosa de fuego.
Y mientras la serpiente del arroyo blandía
el veneno divino de la melancolía,
tocada de crepúsculo me abrumó tu cabeza,
la coroné de un beso fatal, en la corriente
vi pasar un cadáver de fuego… Y locamente
me derrumbó en tu abrazo profundo la tristeza.

Lo inefable
Yo muero extrañamente…No me mata la vida
no me mata la muerte, no me mata el amor;
muero de un pensamiento mudo como una herida…
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor?
De un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida
devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
que os abrazaba enteros y no daba un fulgor?…
¡Cumbre de los martirios!…llevar eternamente
desgarradora y árida, la trágica simiente
clavada en las entrañas como un diente feroz!
Pero arrancarla un día en una flor que abriera
milagrosa, inviolable…¡Ah más grande no fuera
tener entre las manos la cabeza de Dios!…
Cerramos con las palabras de Pía Barros que hago mías: “Aquí poetas y narradoras se dan la mano, porque la literatura cambia el entorno que toca, ya sea por reflexión, por efecto espejo, o simplemente por belleza. Verbalizar, nombrar, es en sí una nueva creación de mundo, de ese mundo que aspiramos, un universo no sexista, donde nadie sobre y donde todos seamos imprescindibles.”

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