22 febrero, 2024

La columna de Ildiko – Un esbozo acerca de cómo el bordado te conecta (o te reconecta) con lo más profundo de tu ser

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“Coser, bordar, cocinar, limpiar, cuántas maneras metafóricas de decir escribir”

Tamara Kamenszain

Mi abuelo, Gustav Arpad Bodnar, fue piloto en la segunda guerra mundial. Él nos enseñó a bordar. Punto a punto, combinando los hilados para crear diferentes matices. Con una paciencia inusitada, nos enseñó los secretos de esta actividad. Bordar es un ritual que requiere mucha paciencia y dedicación. Es importante elegir materiales de buena calidad, para garantizar buenos resultados. Con la escritura pasa igual, vamos letra a letra, realizando combinaciones para llegar a producir algo que se parezca a la imagen que formamos en nuestra cabeza.  También son importantes los materiales de buena calidad. Aparecen, en ambos procesos, todo lo que somos, lo fuimos, nuestros estados de ánimo, las emociones… el amor se nota en lo que hacemos. Mientras bordábamos nos contaba la historia de su vida.

Bordar, ahora, me reconecta con ese pasado de infancia en el que el abuelo nos mostraba diseños ancestrales de flores y nos enseñaba cómo hacer para darles brillo, color, forma, terminación. Fueron momentos felices en la casa del Río Blanco de mi niñez. El sol nos ayudaba en esa tarea de conexión entre abuelo y nieta. La niña que fui era feliz.

Después, comíamos pimientos verdes con manteca. Ese sabor irrepetible me cuenta de dónde vengo. Todo desaparecía alrededor y el abuelo poblaba con sus risas y cuentos ese pequeño mundo.

Él no vivía con nosotros y lo vi pocas veces en mi vida, pero dejó marcas imborrables en mí. Nos escribíamos cartas, él desde Miscolc (Hungría) y yo, desde Jujuy (Argentina). Iban y venían noticias a través del océano; las de él me llegaban con el sello del Magyar Posta. Las mías, con una letra infantil y algunos dibujos, indiciaban ficción y magia.

Con mi mamá y mi hermana íbamos a la estafeta postal de Río Blanco a buscar esos tesoros. Era toda una aventura sólo para encontrarme con la letra pequeña y firme de mi abuelo, en un español híbrido, mezclado con su húngaro natal. Nos entendíamos bien, a pesar de todo.

Amaba esos rituales y la expectativa de la espera. Eran catorce días de suspenso en los que esperaba respuesta a mis preguntas. Nos enviaba entre las cartas en papel vegetal, moldes y diseños ancestrales húngaros. A fin de año, llegaba su mínima encomienda con dulces y algún bordado de su producción. Estábamos conectados por esos hilos de colores que todavía guardo como un tesoro en una caja que me regaló mi hermano. Guardo también las estampillas de aquellas cartas. Acaso quiero guardar esos recuerdos que me construyeron y me sostienen.

Hoy, mientras bordo escucho su voz y me dejo llevar por el desorden de la nostalgia y los pensamientos. Acaso seamos esa sumatoria de recuerdos, imágenes y absurdidades guardadas como pequeños tesoros.

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por Ildiko Nassr

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