24 febrero, 2024

50 sombras… un paisaje sin colores, sexista y conservador

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La remilgada y falaz dicotomía que enfrenta a los libros populares de super ventas versus la buena literatura, bien escrita y capaz de provocar sentidos en el lector esta vez parece ser cierta. Así por lo menos lo entendieron los principales medios británicos, país de origen de la autora, al reseñar a Grey -un tanque de ventas que sólo en Argentina agotó la primera tirada de 60.000 copias-, y tildarlo repetitivo, irritante, aburrido y misógino.

Sin embargo, las críticas no amedrantaron a las fanáticas de todo el mundo, motores para que este suceso editorial aventajara en cifras a la saga de Harry Potter. Fue justamente a ellas, las voraces seguidoras, a quienes James -dueña de una fortuna de 75 millones de libras- les dedicó Grey, un libro que revela más explícitamente al narrador como un muchacho controlador con un pasado tormentoso de maltratos, que contra todo pronóstico se enamora, a pesar de su reticencia a que lo toquen.

La primera trilogía -que vendió 125 millones de ejemplares en todo el mundo- fue construida con una linealidad alegre y la estrechez de un soft porno con temperatura promedio, que tuvo el acierto de despertar una masividad inesperada y ávida por consumir erótica, algo que este bonus track no logra en términos narrativos.

Es el mismo toma y daca en los diálogos, con correos electrónicos cortados y pegados del primer volumen, pero matizado por los pensamientos de él, entre excitado y vacilante por la chica-sumisa, super controlador de cada movimiento de Anastasia, con ganas de azotarla y rectificarla por sus dichos, preocupado de sobremanera por la alimentación de su delgada partenaire. Todo lo que ella hace, muestra o dice tiene un inmediato efecto en su miembro.

Y luego, se siente triste y con el orgullo de macho herido a lo largo de varias páginas porque ella, como es sabido, desaprueba su «estilo de vida» de «seis» latigazos y «no comparte» sus gustos. Previo al desenlace, ellos viven el amor, juegan al sadomasoquismo -él incluso se imagina colocándole un jengibre en el trasero- y mientras la joven se ruboriza cientos de veces y otras tantas se muerde el labio inferior, él quiere poseerla. Punto.

Lo que queda de esta lineal trama es todo lo relacionado con seguimientos, compras, mini investigaciones del paradero de la chica, hoteles y localizaciones a través del celular, temas de los que se ocupa el dinero.

Es que este aparente lado B es un retrato alejado de la fantasía sexy, narrado desde el deseo de un hombre al que le gusta ‘stalkear’ como si fuera una agencia de espías, dar algunos latigazos y someter, pero que luego se arrepiente, se desespera, se entristece y entonces regala autos, computadoras y primeras ediciones de libros, reafirmando en un texto tedioso una condición de sumisión femenina y otra de machismo enquistado.

«La trama reafirma la dominación viril y lejos de ser un avance por la igualdad de géneros es un retroceso lastimoso que algunas mujeres disfruten con la sumisión como si fuera su liberación», dijo la filósofa Esther Dí­az en una entrevista a Télam sobre el boom de la trilogía «50 sombras». En tanto, la sexóloga Isabel Boschi también opinó en torno a eso y sostuvo: «La emancipación femenina sigue dando examen aun cuando en la mayor parte del mundo las mujeres podemos estudiar, trabajar remuneradamente y gozar de nuestra sexualidad».

Como era de esperar, la crítica anglosajona no tardó en saltarle a la yugular. Christian Grey opera como «un misógino adinerado con gustos sexuales rebuscados y un apetito insaciable de control», según The Economist, es que este personaje, que su autora calificó de «complejo» y que tuvo una infancia de abusos, realmente ve a las mujeres como criaturas que no saben comer, ni vestirse bien.

«El cuarto libro de E.L. James es tan sexy como un libro de memorias de la miseria y tan excitante como el diario de un delincuente sexual», se despachó The Telegraph, en tanto que The Guardian lo definió como un acosador de presas y la mente de Grey fue comparada con mirar por dentro de «la cabeza de un perro».

Pero no es todo, a la crítica no se le pasa la mirada sexista y conservadora de este libro. «No le puedo prohibir a mi hija que lea el libro, pero me aseguraría que sepa que si alguien la trata así, salga corriendo como el viento», se lee enThe Guardian, porque lo inquietante en este reverso (y en estos tiempos históricos) es que Grey acosa, manipula y domina, alejado de la fantasía erótica, primitiva o cautivante que puede ser un sexo más duro entre los adultos humanos. Grey ataca, pero después esconde su mano a la manera millonaria.

Con una escritura perezosa que se asemeja a la del tecleo de un mensaje de texto, plagado de onamatopeyas y diálogo repetidos, tanto el libro como el personaje hacen gala de su título porque, más allá de los fanatismos que genere, componen un paisaje sin colores que reaviva las fauces de un paradigma machista, vigilante y neoliberal.

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