13 abril, 2024

«Se terminó el amor»

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Las comedias románticas pasaron de ser garantía de taquilla a una especie en riesgo de extinción.

Primero dejaron de hacer películas musicales y no nos quejamos, porque imaginamos que tarde o temprano volverían. Luego se terminaron los westerns, pero no dijimos nada porque confiamos en que Clint Eastwood los salvaría del olvido. Pero cuando se llevaron las comedias románticas, la alarma empezó a sonar. Y ya era demasiado tarde. Si el parafraseo brechtiano suena exageradamente dramático -tal vez lo sea-, no es más que la reacción apasionada de una generación que para bien o para mal recibió buena parte de su educación sentimental de las películas de amor que los grandes estudios de cine decidieron descontinuar. Una vez, el género superaba los 500 millones de dólares anuales en la taquilla y tenía una presencia fuerte en la lista de las películas más vistas por año alrededor del planeta. En 2014, el único film romántico entre el top 25 fue Bajo la misma estrella, que ni con el mejor ánimo puede ser considerada una comedia.

De hecho, mientras las herederas de Cuando Harry conoció a Sally, Mujer bonita o Notting Hill se volvían menos interesantes, peores -más escasas- sus primas para llorar, los dramas de amor, empezaron a florecer. Por cada cinco films adaptados de libros de Nicholas Sparks quizá se estrenen una o dos comedias románticas. O la versión siglo XXI del género que se amplió tanto en un esfuerzo por no desaparecer definitivamente, que hubo varias en las que el enamoramiento fue reemplazado por la amistad (como en Damas en guerra) o donde el clásico tópico del rematrimonio viró a la castidad (como ocurría en ¿Puede una canción de amor salvar tu vida?).

En algunos casos, el humor zarpado también sirvió como camuflaje para que los estudios aceptaran producir historias de amor como las que se ocultan en medio del humo de marihuana de Virgen a los 40 y Ligeramente embarazada, ambas de Judd Apatow, que pronto volverá a la carga con Trainwreck, protagonizada por los cómicos Amy Schumer y Bill Hader. Otro ejemplo más de la estrategia de presentar una comedia romántica como otra cosa; algo que hasta los hombres quieran ver. Un grupo que, injustamente, los responsables de los grandes estudios señalan como el principal sospechoso de la muerte de las comedias románticas.

El prejuicio indica que los espectadores masculinos se niegan a ir a ver films que tengan una historia de amor en el centro de la trama y que las mujeres son mucho más susceptibles a aceptar ver películas de acción que no están hechas con ellas en mente. Además de bastante misógina, esa teoría no se sostiene cuando los números de la industria señalan que más de la mitad del público que va al cine en los Estados Unidos son mujeres, especialmente personas mayores de cuarenta años.

“Las mujeres son las mejores juezas de todo lo que estrenamos. Sus gustos son muy importantes para nosotros. Ellas son las que van al cine, ellas son las que arrastran a los hombres a las salas”, decía en 1959 Walt Disney, un señor que algo sabía de cómo producir películas que la gente quisiera ver.

Sin embargo, sus enseñanzas parecen haberse perdido por el camino. Hoy, la mayoría de las películas más ambiciosas, con presupuestos millonarios y elenco estelar, apuntan a los espectadores adolescentes. Films gigantes que ocupan miles de pantallas en todo el mundo, que aseguran secuelas, precuelas, reinvenciones y la venta de todo el merchandising que pueda producirse.

A su lado, comedias románticas como Escribiendo de amor, sólo pueden prometer que si al público le gusta lo que ve, el boca a boca los convertirá en un suceso de taquilla (la inversión en promoción es para los superhéroes, no para superbodas).

Ya sucedió muchas veces: cuando Meryl Streep protagonizó Enamorándome de mi ex,Mamma Mia! y Julie & Julia (el último film de Norah Ephron, fallecida en 2012),parecía que el tiempo no había pasado y que el género volvía a nacer. Pero era apenas un espejismo provocado por la influencia de Streep, una de las últimas estrellas en abandonar el barco de la comedia romántica. Es que desde que los estudios dejaron de hacerlas, los guionistas más prometedores dejaron de intentar venderlas y se inclinaron por el cine independiente o se exiliaron en la TV, como le ocurrió a Aline Brosh McKenna, responsable de la adaptación de El diablo viste a la moda, uno de los últimos grandes éxitos de la comedia romántica, aunque en ese caso se tratara más de un romance entre una chica, su carrera y su teléfono que una historia de amor.

Entonces, mientras los estudios siguen argumentando que las comedias no funcionan bien fuera de los Estados Unidos- y mucho menos las románticas- y tratan al género como si fuera material radiactivo, las estrellas actúan en consecuencia. Y así, sin guionistas ni intérpretes dispuestos a defenderlas, las películas que aseguraban el inmenso placer de los finales felices se quedaron sin el suyo.

Fuente: Natalia Trzenko (La Nación).

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