Sobre lecturas, librerías, deseos e intertextualidad

Voy a la librería para comprar un libro para alguien que quiero mucho y conozco bien. Regalar un libro siempre es un desafío. ¿Leerá? ¿Qué leerá? Si es lector, ¿ya habrá leído este libro? ¿Le gustará? ¿Elijo novedades o me inclino por un clásico? ¿Pienso en mí o en el agasajado? Si no le gusta, ¿qué pensará de mí? Y muchas otras cuestiones más que se opacan ante el deseo de leer algunos libros nuevos. (Pienso en los libros de placer que me esperan sobre la mesita de luz y en los otros que debo leer por   trabajo. Deseo tener días más largos y menos obligaciones para poder leerlos -de principio a fin- a todos. Al respecto, recuerdo un fragmento de un libro de Roberto Cotroneo (crítico italiano contemporáneo): No tienes que preguntar: “¿Pero, usted a leído a Joyce? ¿Todo, hasta la última página?”.

La elección es relativamente fácil y resuelvo el regalo en pocos minutos. Pero estalla el deseo ante esos libros de placer que mi apetito (¿o debería decir ‘voracidad?) lector me obliga a mirar. Hojeo uno y leo un poema que me hubiera gustado escribir a mí:

LA TAREA DE ESCRIBIR

Llenarás las palabras de ti mismo,

llenarás las palabras de palabras,

llenarás con las cosas las palabras:

quedan siempre vacías.

Vaciarás las palabras de ti mismo,

vaciarás las palabras de palabras,

vaciarás de las cosas las palabras:

queda siempre el vacío.

¿Dónde estarás tú mismo,

dónde las cosas, dónde las palabras?

Autora Bernárdez es uno de esos personajes que los fans de Cortázar sentimos muy cercano. Es una amiga de la que sabemos muy poco. Siempre a través de él. Ahora, en junio de 2017, Alfaguara ha publicado “El libro de Aurora. Textos, conversaciones y notas de Aurora Bernárdez”.

Compro el regalo y el libro de Aurora y le pido al vendedor: “Sin bolsa y sin señaladores. Lo llevo puesto”. En las librerías de cadenas, siempre te miran extrañado cuando manifestás tu gusto/ placer/obsesión/ emoción / sentimiento por un libro. Para ellos, son sólo mercaderías. Son casi como repositores de supermercado. Es casi como emocionarse ante un paquete de galletas o una botella de aceite para ellos.

Vamos a ese tipo de no lugares por diversas razones. Una de ellas es porque no podemos perder mucho tiempo con los amables libreros que dejan su trabajo para una conversación que siempre es placentera. Lamentamos esa decisión casi inmediatamente. Sin embargo, las costumbres que nos inculcaron desde chicos nos impiden darnos vuelta y salir corriendo un par de cuadras sobre la misma calle Belgrano y pedirle disculpas a Fran o a Carlos en la Rayuela y hacer como si no hubiéramos cometido tal pecado.

Salgo a la calle con mi nuevo libro y me zambullo en él, sabiendo que luego vendrá una entrega feroz a la lectura. Es de esos libros que no se leen como una novela, se leen como una vida. Esa vida de la que poco sabemos (y seguiremos sin saber).

Nos plantea un itinerario de lecturas bajo notas que terminaremos de comprender cuando nos reunamos con aquellos libros.

Es una invitación a saltar de libro en libro, sin caer nunca, sin sacar conclusiones (porque, desde luego, en literatura no se sacan conclusiones y nada está concluido). Una provocación para leer (o releer) aquellos libros que dejaron huellas en nuestro espíritu lector.

Ya en casa, descubro que este es uno de esos libros que también me hubiera gustado escribir.