La infancia de la escritura

¿Qué pasaría si te encontraras con la niña que fuiste? ¿Dónde quedaron tus sueños de infancia? ¿Qué hiciste con ellos? ¿Cómo se construye un lector? ¿Y un escritor? Se puede ser lector sin escribir. Pero un escritor siempre leer.

 

Por Ildiko Nassr

He tomado la decisión de trabajar por algunos de mis sueños infantiles. A los seis años, igual que Borges (pero en ese entonces no lo sabía) les dije a mis padres que quería ser escritora. Ambos reaccionaron de maneras diferentes. Eran muy diferentes; sólo los unía el buen humor y la pasión  por la vida. Mi papá se asustó y dijo que me moriría de hambre. Mi mamá, en cambio, me hizo algunas preguntas y me regaló libros. Los Reyes Magos siempre traían libros en mi casa. Para el día del niño, libros. Para Navidad, libros. Poco a poco, la casa se fue convirtiendo en una biblioteca.

Desde muy chica descubrí el placer de la lectura. Sabía que para escribir, había/hay que leer. Me gustaba leer al aire libre. La naturaleza le daba otra vida a mi imaginación. Lo que me llevó más tiempo descubrir fue que a la imaginación hay que alimentarla, nutrirla.

En 2017 me propuse trabajar por el sueño de esa niña. Creo que lo primero fue parecerme físicamente a ella. Doné mi pelo y me vi en aquella pequeña extraña.  Siempre me preguntaba si me la volvía a encontrar, ¿Qué le diría? ¿podría mirarla sin sentirme avergonzada? ¿se sentiría decepcionada de ver qué hice con ella? ¿me reconocería? Tantas preguntas sin respuestas.

Pero la tuve abandonada durante muchísimo tiempo. Creo que la enterré en una tumba invisible porque eso es lo que dictan algunos mandatos sociales que prediqué sin cuestionar.

Pero si hoy me la encuentro, le agradecería y le diría aquí estoy, he vuelto a llamarme como vos y comparto tus sueños. La abrazaría y reiríamos. Nos acordaríamos de aquellas lecturas que tanto nos marcaron: Papaíto piernas largas, 20000 leguas de viaje submarino, Platero y yo, Cuentos de navidad, Mujercitas, Mi planta de naranja lima, Sissí, Corazón, Heidi… Aquellas lecturas en las que sólo era importante la historia que se contaba (no le prestaba atención todavía a los autores) nutrieron a esa niña que leía antes de ir a la escuela. Y, en la escuela, se encontró con la Srta. Marta que le regalaba libros y la motivaba a leer.

La escritura devino de la lectura, como algo necesario e ineludible.

He abrazado a mi niña interior y le permití escaparse a jugar en algunos de mis textos. Escribimos juntas un pequeño libro de libélula y honramos a nuestros hermanos. La casa, una biblioteca. Y si me preguntan quién soy (quiénes somos), les diría que soy una lectora.